El viento en el jardín (novela)


Misa roja (novela)


Pasaje de ida (novela)

 

 

El vientre cósmico
CAPÍTULO 1

 

CAMBIAR O DESAPARECER

Si no reaccionamos, nos suicidaremos como especie.
(Paul Crutzen, Premio Nobel de Química por su investigación sobre la capa de ozono)

 

Todos estamos sufriendo las consecuencias de ese capitalismo salvaje que llamamos "globalización económica".

Este fenómeno parece haberse desenfrenado del todo a partir del fracaso del comunismo, transformándose en la negra bestia del Leviatán descrita por Hobbes en 1651, un monstruo de fauces insaciables y carente de cerebro, de ahí lo anárquico, caprichoso y destructivo de su comportamiento.

En los países ricos la gente perece por obesidad (o anorexia), mientras que en los países pobres las personas se mueren de hambre o por enfermedades derivadas de la desnutrición crónica.

Se saquean los recursos naturales del planeta de forma escandalosa, poniendo en peligro el ecosistema y alterando el clima hasta provocar frecuentes catástrofes.

Un consumismo feroz nos manipula provocándonos un estado crónico de ansiedad y de hastío, excitando la codicia y fomentando el hedonismo.

El dinero es el valor supremo, el patrón con que se mide el éxito o el fracaso de cada uno. Todo se comercializa, hasta lo más sagrado, generándose perversiones como las de la prostitución y la pornografía infantiles.

Las fábricas cierran, dejando miles de hogares sin ingresos, para reinstalarse en los países subdesarrollados y gozar así de mano de obra semi-esclava.

La población mundial crece alarmantemente, produciendo a diario millones de bebés que, en su mayoría, no llegarán a la edad adulta. Los tres factores malthusianos de regulación de la demografía, la guerra, la enfermedad y el hambre, hacen su trabajo, pero no lo suficiententemente bien como para impedir la llegada de incontables pateras con famélicos y desesperados inmigrantes a las costas de los países occidentales.

La industria armamentista sigue floreciente, produciendo cada vez armas más sofisticadas y caras, en las que se invierten sumas fabulosas.

Por su parte, la energía atómica que se inventó para usos pacíficos nos ha colocado ya al borde del abismo de un holocausto nuclear.

 

Una civilización agotada

La cultura patriarcal europea, a la que pertenecemos, trajo consigo algunas consecuencias positivas, como la filosofía, la ciencia, la Ilustración o el desarrollo económico. Pero este orden mundial nacido en el período griego micénico da muestras de agotamiento después de 5.000 años de vigencia.

Sus valores imperialistas de dominación y de enriquecimiento, de confrontación y de lucha por el poder nos han traído hasta aquí. La economía de mercado, basada en

la explotación de recursos, la competitividad, el lucro, la individualidad, el derroche y el consumo ilimitado, ya no es sostenible.

El día en que las economías "en vías de desarrollo" verdaderamente se desarrollen, harían falta hipotéticamente los recursos naturales de tres planetas como el nuestro para abastecerlas.

La Tierra ya no da más de sí. Estamos ante el peligro real de un colapso de los sistemas medioambientales. Si ésto ocurre, todo puede suceder.

Tal vez una guerra nuclear en la que perecería la mayor parte de la población mundial. A lo que le seguirían luchas desesperadas y extremadamente violentas entre los supervivientes para repartirse lo poco que quedaría.

Y, una vez extinguida la raza humana, sobrevendría, con toda probabilidad, el reinado de las cucarachas, una de las pocas especies vivas que resisten la radioactividad.

Hasta ahora, tanto los gobernantes como las empresas multinacionales y sus lobbies (los verdaderos detentadores del poder) han seguido la política del avestruz, que esconde su cabeza en la arena para negarse a ver.

 

El desequilibrio ético

Estados Unidos, la primera potencia mundial, la Roma de nuestros tiempos, a pesar de ser el país que más contamina, se ha negado a suscribir el Tratado de Kioto, por

el que las naciones allí reunidas se habían comprometido a reducir la cantidad de gases contaminantes que emiten.

Como también se ha rehusado a participar en la creación de un Tribunal Penal Internacional que pretende juzgar los crímenes contra la humanidad.

Los países europeos protestan ante estos hechos, pero con tibieza, ya que no suelen ponerse de acuerdo para hablar con una única voz.

Los científicos sociales del patriarcado nos han enseñado que los humanos nos movilizamos sólo por codicia, violencia, apetito sexual y/o lujuria de poder.

Sin embargo, existen también aspiraciones muy poderosas que nos atraen irremisiblemente hacia los ideales de bien, verdad, paz, igualdad, justicia y belleza. Desde siempre, valores como el amor incondicional, la solidaridad, el espíritu de cooperación, el cuidado de la vida, la empatía, la vocación de servicio y la capacidad para el diálogo han sido cultivados casi en secreto, generalmente por las mujeres y por los hombres catalogados como "afeminados" o "blandos". Eran considerados valores secundarios, no necesarios, como todo lo relacionado con el universo femenino.

Hoy, para corregir este mortífero desequilibrio de la ética colectiva, son mayoritariamente las mujeres, junto con sus valores, los que deben salir de la niebla de invisibilidad en la que los metió el patriarcado y dejar oír su voz, antes de que sea demasiado tarde.

Las mujeres son dadoras, nutridoras y cuidadoras de la vida. Ahora deben, como lo haría una madre fuerte y sabia, cuidar y restaurar la salud del planeta, administrar sus recursos naturales, dar de comer al hambriento y obligar a los belicosos a dialogar y a deponer las armas.

Y no reinstaurando un matriarcado, que sería tan nocivo para el equilibrio de valores como lo fue el patriarcado, sino asumiendo la mitad de ese poder que toma las decisiones, en representación de la mitad de la humanidad que en realidad son. Trabajando codo con codo con sus hombres en la construcción de un mundo más igualitario, más pacífico, más próspero y más sostenible.

 

 

 
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