El viento en el jardín (novela)


Misa roja (novela)


Pasaje de ida (novela)

 

 


Las estaciones del alma

Por María Eugenia Eyras

Hay un libro que es, probablemente, el texto más antiguo que la humanidad haya conservado. Contiene la sabiduría china acumulada a lo largo de miles de años y reconcilia con generosidad las doctrinas antagónicas de los confucianos y los taoístas. El lector que lo descubre hoy se asombrará de su extraordinaria vigencia.

Me estoy refiriendo al I Ching o Libro de las Mutaciones y de él se decía que había que leerlo después de los cincuenta y cinco años de edad para entenderlo de manera cabal.

Si hay algo en la vida humana de constante es su continuo fluir. Casi como el de un poema. Tiene su ritmo y su cadencia, sus ciclos internos de crecimiento y de decaimiento.

Comienza con la inocente niñez, seguida por la torpe y acalorada adolescencia, en las que se trata de entender y de adaptarse a los valores de la sociedad adulta. Luego sobrevienen las pasiones, las búsquedas y locuras juveniles y, más tarde, la plenitud con sus intensas actividades.

En la madurez hya un leve aflojamiento de la tensión, un endulzamiento del carácter como cuando madura la fruta o se hace más suave el vino bueno. Se adquiere gradualmente un criterio de la vida más tolerante, más cínico y a la vez más bondadoso.

En el ocaso de nuestra vida las glándulas disminuyen su ritmo y, si hemos progresado en calidad humana, ésta es para nosotros la edad de la paz y de la seguridad, de la holganza y el contento.

Nadie puede decir que una vida con niñez, adultez y ancianidad no es una hermosa concertación. El día tiene su mañana, su mediodía y su atardecer, y el año tiene sus estaciones, y bien está que así sea. No hay bien ni mal en la vida, sino lo que está bien de acuerdo con la propia estación.

Si alguien dijera que ha decido 'aceptar' la llegada del verano nos parecería un soberano tonto. Posiblemente le contestaríamos conr la conocida respuesta de Henry Thoreau a una feminista que afirmaba que 'aceptaba el Universo': "¡Más le vale!.."

Lo primero que hacemos al levantarnos es mirar por la ventana y ver cómo se presenta el día. ¿Soleado? Preparamos ropa fresca y cómoda. ¿Tormentoso? Hacemos algunos cambios en los planes de las actividades de la jornada, previendo que la lluvia puede llegar a demorarnos. ¿Por qué nos rebelamos, entonces, cuando a una época de bonanza sucede otra de conflicto, cuando pasamos de la calma chicha de la rutina a la batalla contra las adversidades?

Como en la sucesión de las estaciones climáticas, al anverso lo reemplaza el reverso, al frío el calor, a la alegría la tristeza. Nuestra cultura inmadura y hedonista pretende permanecer siempre en la cumbre de la felicidad y, cuando no es así, nos quejamos amargamente: "¿Por qué a mí?" como si fuéramos víctimas de alguna tremenda injusticia por parte de los designios divinos.

El campesino tiene fama de manso. En realidad, ésto se debe a que posee una profunda conciencia de su humana pequeñez . Cada vez que se asoma por la puerta de su casa enfrenta el cielo majestuoso, la imponente montaña, el viento despiadado, toda la naturaleza desatada a la que sería insensato oponerse.

En cambio, el habitante de la ciudad, desde su minúsculo balcón, sólo contempla aquello creado por el hombre. Los rascacielos, las calles atestadas de vehículos, cables, cemento y luces. No es sorprendente, entonces, que se sienta miembro de una raza superior y merecedor, por ende, de la más eterna bienaventuranza.

Si la humanidad puede fabricar todo eso que sus ojos están viendo ¿por qué no logra él dominar su melancolía? Allí corre a comprar píldoras antidepresivas, a consultar a cuanto profesional se le ponga a mano, a agobiar con sus cuitas a todos sus amigos...

Sería más sencillo que se dijera a sí mismo las palabras grabadas en el interior de un anillo que regalara un sabio oriental a un famoso rey, asegurándole que contenían la llave de la paz interior: "Ésto también pasará".

En el siglo XVI, el chino Yüan Chunglang escribió un tratado sobre el cuidado de las flores. Entre otras cosas aseguraba que las flores tienen sus momentos de felicidad y de pena, por lo que regarlas en sus instantes pesarosos les haría daño. A lo que seguían escrupulosos consejos sobre cómo, cuándo y de qué manera humedecerles la tierra. Ésto puede provocarnos una sonrisa si creemos que tan sólo nos encontramos ante un acabado ejemplo de la exquisitez oriental. Y sin embargo, no. Yüan era, simplemente, un experto jardinero. Si las flores tienen sus estados de ánimo fluctuantes ¿qué se puede esperar de nosotros?

La vida es unión y disgregación, es mirar a través de un constante caleidoscopio cuyas pequeñas piezas multicolores se acomodan una y otra vez conformando infinidad de dibujos.

Por eso, pocas verdades hay más profundas que la enseñada por el nieto de Confucio, Tsessé, autor de El medio dorado .

Preconiza el espíritu de la 'dulce razonabilidad', que conduce a un perfecto equilibrio entre la acción y la inacción. Propone como vida ideal la de un hombre que vive entre media fama y media oscuridad; que es a medias activo y a medias perezoso, ni tan pobre que no pueda pagar el alquiler ni tan rico que no desee tener un poco más.

Que toca el piano, pero apenas para que le escuchen sus amigos más íntimos y, sobre todo, para su propio placer. Que es coleccionista, pero apenas para adornar su chimenea. Que lee, pero no demasiado. Que no es ni del todo feliz ni del todo desgraciado.

Así lo canta otro clásico chino, Li Mi-an, en su poema La canción de la Mitad y Mitad:

 

Es más prudente ebrio quien es ebrio a medias;

Y las flores a medio abrir están más bellas;

Como navegan mejor las barcas a media vela;

Y mejor trota el caballo a media rienda;

Quien tiene una mitad de más, suma ansiedad;

Pero quien de menos tiene, con más ansia posee su mitad;

Pues la vida está de dulce y de amargo compuesta;

Es más sabio y más habil quien sólo la mitad prueba.

 

   
 
©www.mariaeugeniaeyras.com todos los derechos reservados